jueves, 1 de febrero de 2018

Taller: VIOLENCIAS INVISIBLES EN LA VIDA COTIDIANA


TALLER: VIOLENCIAS INVISIBLES EN LA VIDA COTIDIANA
ESPACIO DE REFLEXIÓN Y DE ACRECENTAMIENTO DE LA CONCIENCIA PERSONAL


Vivimos en una sociedad cuya cultura está atravesada por varios tipos de violencia: las violencias explícitas son fácilmente reconocibles por todos. ¿Pero qué pasa con las violencias invisibles, que, de manera cotidiana y naturalizada, invaden nuestras relaciones? Solemos ser víctimas de este tipo de violencias por parte de agresores involuntarios, que desconocen que las ejercen. Claro que, en situaciones de diario acontecer, muchas veces somos nosotros quienes estamos utilizándolas, sin notarlo. En ambos casos, el resultado será conflicto, desencuentro, sensación de soledad, injusticia y/o impotencia, sin olvidar enfermedad psíquica/espiritual, y derivar en posible violencia física. Las violencias se aprenden. Así, también, pueden ser desaprendidas. Algunos recursos de los cuales nos valdremos serán Focusing (o Enfoque Corporal) y CNV (Comunicación No Violenta).



* ¿Cómo reconocemos las violencias invisibles?
* ¿Estamos, sin notarlo, utilizándolas y lastimando a otros (y a nosotros mismos, por defecto)?
* ¿De dónde proviene nuestra violencia?
* ¿Podemos invertir el juego, creando fluidez donde antes había obstáculos y desencuentro?


Lugar de encuentro: Multiespacio La Casa de Colores, Estanislao del Campo 487, General Pacheco.


Inscripciones hasta el 25 de febrero o hasta cubrir las vacantes (se reserva sólo con seña previa).

Valor del Taller: 
$250 en efectivo.
$300 por MercadoPago.

Duración estimada: 2 horas.
Info: 15-6103-2940 / clr.carlamay@hotmail.com


Coordina: Carla May Counselor
Consultora Psicológica Humanística y Sistémica
Facilitadora del Desarrollo Personal Integral, especializada en Dependencias Afectivas
www.carlamaycounselor.blogspot.com.ar

domingo, 1 de octubre de 2017

Procesos de acompañamiento para el Despliegue del Ser


Carla May
Consultora Psicológica Humanística y Sistémica
Facilitadora del Desarrollo Personal Integral
15-6103-2940
4726-6479
General Pacheco, Buenos Aires

¿QUÉ ES LA TERAPIA DE ENSUEÑO DESPIERTO?

Muchas veces hay situaciones que no podemos resolver solos y es allí cuando pedimos ayuda a un profesional de la ayuda psicológica para lograrlo. El primer acercamiento a nuestra problemática es a través de la palabra, con la que intentamos explorar la situación, examinar todas sus aristas y encontrar la manera de resolverla de una forma favorable. En este primer acercamiento a través de la palabra, solemos comunicar aquello que sentimos con términos y conceptos ya conocidos que, quizás, no alcancen para abarcar la inmensidad de lo que vive en nuestro interior, tal vez alejado de la consciencia (probablemente, en el borde de la conciencia pero, aún, sin poder traspasar el límite hacia lo consciente). ¿Cómo podemos acceder, entonces, a ese amplio mundo de significados personales riquísimos que nos estamos perdiendo? Existen varias vías, algunas de ellas mencionadas en mis artículos anteriores (entre ellas, el FOCUSING). Y hoy, propongo una nueva: A TRAVÉS DE NUESTRO MUNDO SIMBÓLICO.

Los símbolos (o imágenes) guardan significados desde incluso antes de nuestro nacimiento, a los que, muchas veces,  no podemos darles palabras. Probablemente porque estos significados provienen de un momento de nuestra vida en el cual no teníamos todavía un desarrollo cognitivo lo suficientemente maduro como para registrarlos/comprenderlos, ni  todavía un lenguaje lo suficientemente desarrollado como para nombrarlos.

En otro orden, nuestros paradigmas mentales suelen responder a los hábitos y creencias que hemos ido adquiriendo a lo largo de nuestra vida. Mucho de nuestro sufrimiento proviene de una disfuncionalidad de esas creencias en nuestra vida, hoy. Nos movemos en un mundo de significados cuya “realidad” nos trae dolor, incomodidad o malestar, y de donde nos es difícil corrernos, ya que no conocemos otra realidad. Allí es donde nuestro mundo simbólico nos ayuda a conocer otros paradigmas y a pensar de formas más libres, distintas a las que conocemos. ¡Qué fantástico es darse cuenta de que estas “otras realidades” que habitan en nuestro interior siempre han estado ahí, aunque no habíamos hallado, hasta ahora, la manera de permitirles comunicar su riqueza! Y, cuando emergen, sólo puede haber transformación.

Un camino para permitir a nuestro mundo simbólico expresarse es a través de la técnica llamada ENSUEÑO DESPIERTO. El Ensueño Despierto es una “oniroterapia” (término proveniente de “onírico”, que significa “asociado a los sueños”). Se llaman así a los métodos psicoterapéuticos que utilizan la imaginación libre o espontánea y el relato simultáneo de lo imaginado. El Ensueño Despierto es un estado intermedio entre la vigilia y el sueño, entre lo fisiológico y lo psíquico. Mediante un estado de relajación, se invita al “ensoñante” a relatar qué ve a partir de una imagen o situación sugerida por el terapeuta. Lo que el ensoñante crea es una película en la cual aparece invaluable material de su vida psíquica que tiene, por finalidad, ayudarlo a conocerse más profundamente y a hacer los ajustes necesarios en su vida emocional que le permitan un mayor bienestar y una más amplia libertad psicológica. En esta película, que es un producto de su psiquismo, el profesional lo invita a realizar una serie de acciones, a “ponerse en movimiento”. Estas acciones imaginadas tiene, luego, un correlato en la vida cotidiana del consultante, lo que le posibilita llevar a cabo en su vida real aquello que anteriormente “ensayó” en una esfera simbólica.

¿Qué explora esta técnica? Explora nuestra percepción histórica (es decir, la mirada que tenemos acerca de nosotros mismos a lo largo de nuestra historia y que, muchas veces, es una mirada ajena, viciada por la manera en que nuestros cuidadores primarios nos veían siendo pequeños). Explora también nuestra forma de relacionarnos, nuestras fortalezas y debilidades, nuestros miedos, nuestras herramientas para abordar conflictos, etc.

¿Qué promueve? Promueve un autoconcepto más realista y actualizado, y menos influido por la mirada de los otros. Promueve la utilización de herramientas emocionales más acabadas y funcionales. En síntesis, realiza un escaneo de nuestro sistema operativo mental y emocional, limpia los archivos obsoletos y los reemplaza por otros más actualizados y funcionales a nuestra calidad de vida.

Podemos pensar al Ensueño Despierto como una terapia Conductual, así como una Existencial. Desde una mirada Conductual (aquella que intenta modificar conductas limitantes, disfuncionales o inhibitorias), la acción imaginaria, por sí misma, produce cambios terapéuticos antes de cualquier interpretación. Lo que sucede en términos simbólicos acontece en el hemisferio derecho, la sede del inconsciente. Así, lo que una persona puede lograr en un espacio imaginario, puede lograrlo en la vida.

Como terapia Existencial, se alienta al ensoñante a hacerse responsable de sí mismo y de sus elecciones en su proceso simbólico, acompañándolo a hacer frente a los obstáculos que su imaginación le presente y acercándolo cada vez más a escuchar su sabiduría organísmica. De este modo, se promueve una cada vez más amplia libertad psicológica y congruencia interna, así como un mayor despliegue de su ser genuino.


Carla May
Consultora Psicológica Humanística y Sistémica
Facilitadora del Desarrollo Personal Integral
15-6103-2940
2129-5698
General Pacheco, Buenos Aires

miércoles, 10 de mayo de 2017

LA CONSTRUCCIÓN DE NUESTRAS RELACIONES



Los seres humanos nos relacionamos de manera permanente con distintas personas en distintos ámbitos a lo largo de nuestras vidas. Con algunas de ellas tenemos encuentros casuales, sin demasiado involucramiento, y, con otras, permanecemos conectados afectivamente durante tiempos prolongados. Aquello que fue un encuentro inicial se va transformando en relaciones con distintos grados de intimidad y confianza. Muchas veces se transforman en relaciones nutritivas, disfrutables y que nos aportan un gran caudal de bienestar. Otras veces, se transforman en relaciones yermas, sin mucho aporte a nuestro crecimiento personal. Otras tantas, en relaciones dañinas, peligrosas a nuestro bienestar emocional y que nos quitan más que lo que nos aportan.

¿En qué momento el destino se tuerce para permitir a esas relaciones convertirse en lo que terminarán siendo (nutricias, yermas o malsanas)? La verdad es que aquí no hay magia ni casualidades: las relaciones son producto de la manera en que las hemos construido, ni más ni menos. Probablemente, si nuestras relaciones son gratificantes, jamás necesitemos cuestionarnos de qué formas hemos contribuido a hacer de ellas esto tan bello que hoy tenemos. El cuestionamiento aparece cuando, sistemáticamente, vemos que nuestras relaciones no son aquello que quisiésemos para nuestras vidas. Allí es donde, si una bendecida luz de sana autocrítica aparece, podremos desandar el camino de nuestras relaciones para permitirnos corregir aquello que no nos satisface de ellas o decidir edificar otras, con bases más sólidas, sanas y enriquecedoras.

El primer punto a tener en cuenta es cómo nos vemos a nosotros mismos, ya que desde esa perspectiva es a partir de la cual vayamos a relacionarnos. ¿Cómo te ves a vos mismo? ¿Fuerte y seguro? ¿Desvalido y sin recursos, y víctima de los demás? ¿Te ves como una entidad separada del resto y pendiente sólo de tus necesidades, cuidando celosamente que nadie te quite la poca felicidad que podés obtener, o como una gotita más en el mar de tus relaciones, dispuesto a atender las necesidades de los demás, así como de las tuyas propias, y esperando lo mismo a cambio?

Probablemente, si sos una persona segura de tu valor, lograrás conectar fácilmente, así como permitirte ser amado por como sos. Si, por el contrario, tu marca personal son la inseguridad, el miedo y la necesidad de protegerte, es posible que no te permitas relaciones muy cercanas (ya que éstas representan una potencial amenaza), con lo cual no generarás relaciones comprometidas, aunque de veras lo desees, con un cada vez más intenso sentimiento de soledad, tristeza, frustración o impotencia. Quizás, en tu afán de protección ante posibles peligros, actúes a la defensiva, utilizando diversas formas de agresividad y violencia, y alejando a aquellos a quienes desearías tener más cerca.

Es necesario comprender que la manera en que nos vemos a nosotros mismos no es producto del azar, sino de la manera en que hemos sido tratados a lo largo de nuestras vidas, primeramente por nuestros cuidadores primarios, durante nuestros primeros años y, luego, por nosotros mismos, volcando, ahora, sobre nosotros, los buenos o malos tratos, el interés o desinterés, la conexión o desconexión que otros nos brindaron antes, y que hemos introyectado. No podría ser de otra manera: aprendimos a vernos a nosotros mismos con el cristal con el que nuestros cuidadores nos vieron antes. Si, de acuerdo a sus características personales o de acuerdo a las circunstancias que estaban atravesando en ese momento, para ellos éramos una bendición, una molestia, seres fuertes a quienes no hacía falta proteger o seres indefensos incapaces de nada, por ejemplo, ¿cómo íbamos a pensar que podrían estar equivocados? Después de todo, ellos eras “los grandes”, los que “todo lo sabían”, a nuestros ojos infantiles necesitados de protección de alguien más fuerte y sabio. Con esto no pretendo culpar a nadie; somos, como decía un querido profesor, “víctimas de víctimas”. Somos, como personas, el producto de padres o cuidadores sin recursos emocionales sanos o adecuados, quienes, a su vez, son el producto de otros padres o cuidadores sin recursos emocionales sanos o adecuados. Si te sentís identificado/a con estas palabras, y la bronca o impotencia te embargan, dejame decirte que está bien que contactes con tu dolor. Sanar comienza con dolor. Lo que sí te pido es que no te quedes pegado a la bronca, ya que eso no resuelve nada, ni cambia lo que fue (ni lo que no pudo ser). Por otro lado, quedarnos pegados a la bronca, sin buscar cómo sanar, nos imposibilita ser buenos padres o cuidadores de nuestros propios hijos, ya que nos relacionamos desde nuestras carencias y no desde nuestra salud emocional.

En conexión a lo expresado en el párrafo anterior, hay una inseparable relación entre la forma en que nos vemos a nosotros mismos y nuestras necesidades emocionales. Es sumamente importante reconocer cuáles son nuestras necesidades emocionales ya que, en base a ellas, vamos a condicionar la manera en que construimos nuestros vínculos. Si hemos tenido la suerte de contar con un entorno de crianza:
• que potenció nuestras fortalezas,
• para quienes fuimos totalmente visibles,
• para quienes nuestras necesidades contaban e importaban,
• que nos permitió equivocarnos y aprender de nuestros errores,
• que no juzgó nuestras emociones o necesidades como malas o inadecuadas, o como motivo de burla,
• que jamás nos avergonzó por ser quienes éramos, sino que nos aceptó sin poner condiciones para amarnos,
• que nos dio alas para ser independientes y no nos sobreprotegió, anulándonos,
• que nos estimuló para ser mejores persones desde la guía y el ejemplo, y no desde el miedo o la amenaza,
tendremos un autoconcepto tan, pero tan fuerte y sólido, y nuestras necesidades emocionales tan adecuadamente cubiertas, que nuestras relaciones tenderán a ser expansivas, emocionantes, de igualdad, brindando todo lo sano que tenemos y esperando de los demás el mismo tipo de afecto sano a cambio. Seremos inmunes a las relaciones inadecuadas, y estaremos más pendientes de cuánto de bueno tenemos para ofrecer (de modo de hacer de nuestros vínculos algo saludable y disfrutable), que cuánto nos hace falta para sentirnos completos.

Cuando nuestra realidad es a la inversa, por provenir de un contexto en el cual nuestras necesidades no fueron satisfechas ni nuestra autoestima alimentada con responsabilidad y/o amor sano, tendemos a ir por la vida con más ansias de recibir aquello que no tuvimos, que de dar a otros. Es una simple cuestión de necesidad de supervivencia afectiva. Nuestras relaciones se convierten en condicionales: damos a otros lo que nos piden, o nos comportamos de la manera en que creemos que se espera de nosotros como condición para recibir aquello que necesitamos. El problema se suscita cuando, a pesar de nuestro “acuerdo de relación mutuamente beneficiosa” (o justamente a causa de él), nuestras necesidades siguen insatisfechas. A esto debemos sumarle que seguimos sin ser felices, que nos gustaría que nuestro partenaire (familiar, amigo/a, pareja) fuese diferente de quien es y que no nos gusta el personaje que debemos representar en esta relación a cambio de ser amados o aceptados.

Así, podríamos actuar de diversas maneras disfuncionales, como lo expresan estos hipotéticos testimonios:

• Provengo de una familia en la cual el juicio y la crítica fueron lo corriente, con lo cual mi necesidad más predominante es ser aceptado. Cuando comienzo una relación, estoy más dispuesto a explorar y conocer qué espera el otro de mí que en ser quien soy realmente. Con el tiempo, esto me crea más problemas que beneficios: me enojo con el otro por “exigirme” ser quien no soy, sin notar que fui yo mismo/a quien me ubiqué en ese lugar, debido a mi necesidad de reconocimiento.

• Provengo de una familia en la cual fui desatendido/a, descuidado/a y, quizás, maltratado/a, con lo cual hoy me siento un ser sin importancia para los demás, invisible y sin valor. Cuando comienzo una relación, me ubico enseguida en el rol de cuidador y/o protector. Por un lado, doy aquello que me habría gustado recibir a mí, con la sensación de alivio que esto me brinda; por el otro, al fin me siento útil, aunque eso implique vivir en función de las necesidades de otro. Claro que, para poder actuar este papel, necesito vincularme con alguien desvalido, incapaz y limitado. Cuando encuentro a alguien con estas características, puedo, por fin, sentir que soy fuerte, poderoso y necesario. Claro que, con el correr del tiempo, esa incapacidad del otro que, en un comienzo, me atrajo, comienza a pesarme. Yo no puedo pedir nada para mí, porque “el otro no puede”. Y es posible que comience a ser acusado de egoísta por dejar de centrarme en las necesidades del otro. Y mi necesidad de ser cuidado, querido y tenido en cuenta queda nuevamente desatendida.

• Provengo de una familia hipercrítica, en la cual se me tenía vedado fallar o mostrarme débil. Hoy, que soy padre o madre, exijo a mis hijos ser iguales que yo, con lo cual también necesito desplegar una batería de cometarios hipercríticos y desvalorizantes, con el pretexto de “ayudarlos a ser mejores”. Mis hijos me ven como un monstruo y se alejan de mí. Y no me doy cuenta de que es mi propia necesidad de ser aceptado y validado lo que me ha llevado a ser un tirano con mis propios hijos; permitirles equivocarse o mostrarse vulnerables me conectaría automáticamente con el dolor de mis primeros años, aquel que proviene de no haber sido tratado/a como una personita con necesidades totalmente válidas, y obligada a actuar de un modo que satisfacía las necesidades de otro. Conectar con aquel dolor es también reconocer que no pude ser como era realmente, ya que tuve que adaptarme al papel que se me exigía. Y, si nunca pude ser como era realmente, ¿quién soy?

• Provengo de una familia en la cual, debido a los miedos que mis padres traían con ellos desde sus propias infancias, se me sobreprotegía. Jamás se me permitió explorar el mundo y aprender de mis errores. Crecí con la sensación de ser inútil, inseguro/a y completamente carente de recursos. Esto me llevó a no accionar jamás, por temor a “no saber cómo”. A medida que crecía, mis padres se impacientaron con mi inacción y comenzaron a criticarla. Yo me sentí confundido/a. Estaban criticando eso en lo que ellos mismos me habían convertido. Ahora me sentía inútil, inseguro/a y, encima, culpable. Mis relaciones de amistad y de pareja se caracterizan por escoger a personas que aparentan ser fuertes y seguras, personas que pueden cuidarme y evitar que yo tome decisiones (ya que no sé cómo). Me casé con alguien que me permitió actuar mi papel de desvalido/a y de inmediato hubo un acuerdo tácito de que fuese él/ella quien tomara las decisiones importantes. Un día, tuve un “despertar” y me encontré sintiéndome resentido/a con que no se me consultara para nada. Y me enojé con mi pareja. La acusé de no tenerme en cuenta ni valorar mi opinión, sin poder ver que fui yo mismo/a quien había acordado, de manera no explícita, ser el/la débil en esta relación.

• Provengo de una familia en la que tácitamente está prohibido contactar con el dolor. Sé que ocultan secretos acerca de acontecimientos dolorosos de los que, por algún motivo, no se habla. Cuando alguien pregunta, recibe evasivas y se cambia de tema. Allí, llorar o “estar mal” es algo que causa pavor, un lugar del cual hay que salir a como dé lugar. Y me doy cuenta de que, en mis relaciones, siempre soy quien “levanta los ánimos”, y a quienes todos recurren cuando tienen problemas, para “sentirse mejor”. Lamentablemente, cuando soy yo quien necesita una oreja que me escuche, no tengo a nadie. Las personas a mi alrededor no están acostumbradas a dar apoyo a otros. Y me doy cuenta que fui yo quien las mal acostumbró. Y me siento muy solo/a e incomprendido/a.

Las personas detrás de estos relatos tienen todas las de ganar: han podido identificar de qué maneras han contribuido a co-edificar con otras personas relaciones que terminan siendo nocivas o poco gratificantes y en las cuales no se han permitido ser ellos mismos. Para arribar a esta autoconciencia transitaron un camino de autoexploración y autoconomimiento, dejándolos en un lugar de ventaja para aprender a relacionarse desde un lugar más sano y beneficioso para sus verdaderas necesidades. Vos también podés hacer este misterioso y gratificante recorrido. Estás invitado/a.



Carla May
Consultora Psicológica Humanística y Sistémica
Facilitadora del Desarrollo Personal Integral
15-6103-2940
4726-6479
General Pacheco, Buenos Aires