jueves, 8 de diciembre de 2016

SABIDURÍA ORGANÍSMICA Y LIBERTAD PSICOLÓGICA


Los dos términos que escogí para este título representan la síntesis más acabada del objetivo último de toda terapia humanística: reconectar con nuestra sabiduría interna (alguna vez perdida) para volvernos lo suficientemente libres como para tomar las decisiones que más bienestar y paz nos brinden. Esto quiere decir que cuando estamos “desconectados” de nuestra sabiduría organísmica no somos del todo libres a la hora de “elegir bien” nuestro camino. Pero vayamos por partes:

¿Qué es la Psicología Humanista?
Es la tercera escuela en psicología, después de las primeras dos, el Psicoanálisis y el Conductismo. Sus bases son el Humanismo, el Existencialismo y la Fenomenología.
Del Humanismo, toma la idea de que los seres humanos somos, dadas las condiciones adecuadas, y sin nada que lo obstaculice, básicamente sanos y con tenencia a la autorrealización, lejos de las teorías que sospechan de la esencia humana y proponen que venimos al mundo con deficiencias innatas que debemos reparar. Del Existencialismo, se nutre de la propuesta de que cada persona es libre de decidir acerca de cómo desea vivir su vida y, en consecuencia, responsable por su felicidad o infelicidad, de acuerdo a sus elecciones. Finalmente, de la Fenomenología, utiliza el concepto de “fenómeno”. Un fenómeno es lo que aparece en el relato o conducta del consultante (dice X cosa, hace X movimiento, se sonroja, llora, ríe). Los Humanistas nos remitimos a escuchar o percibir esos “fenómenos” sin interpretar, juzgar ni emitir hipótesis acerca de lo que a la persona le sucede, sino que la acompañamos a encontrar SUS PROPIAS RESPUESTAS O CONCLUSIONES, convencidos que cada persona es absolutamente única, y nadie más que ella SABE acerca de sí misma.

Habiéndonos introducido en el concepto de Psicología Humanista, viene la gran pregunta a responder: ¿Somos los seres humanos realmente libres y, en consecuencia, responsables por nuestra felicidad? ¿Qué distingue a una persona psicológicamente libre, de una que no lo es? Básicamente, para funcionar en un modo realmente pleno, libre y responsable, deberíamos estar en contacto con nuestra sabiduría organísmica. Por “organismo”, entendemos la unidad CUERPO-ALMA-MENTE, todo aquello que nos compone, incluidos los planos físicos y no físicos, y que es el asiento de nuestras experiencias (lo que “nos pasa”), tanto físicas, emocionales y espirituales. Estar en contacto con nuestro organismo es posible en la medida en que brindemos atención plena y conciente a nuestras experiencias, tanto internas como externas, y nos permitamos escuchar nuestra intuición, siempre presente aunque, a veces, acallada.

¿Cómo es que llegamos a acallar esa intuición? Al nacer, somos PRESENCIA PLENA, es decir que escuchamos nuestras necesidades con cada centímetro de nuestro Ser. Todo bebé sabe cuándo tiene hambre, sueño, necesidad de caricias, etc., y pide lo que necesita a las personas responsables de satisfacer sus necesidades. Si esas necesidades son respetadas y atendidas, se refuerzan en ese niño la presencia y el contacto con su Ser. Parece una obviedad, pero ningún bebé NO SABE lo que necesita. Ni uno solo. La dificultad para escuchar las propias necesidades se desarrolla paulatinamente, a medida que se fuerza a ese niño a actuar en base a condicionamientos externos, tanto familiares como culturales, bajo el peligro de perder el afecto o aceptación de las personas que, para él, son vitales para sobrevivir (tanto física como emocionalmente hablando). Estos condicionamientos no necesariamente son expresiones de maltrato brutal hacia ese niño, sino pequeños condicionamientos cotidianos, repetidos por imitación (copiados de nuestros antecesores) y, hasta ahora, no cuestionados, ya que no hemos tomado conciencia de sus consecuencias dañinas. ¿Cuántos de nosotros hemos tenido que dejar de ser quienes realmente éramos al escuchar frases tales como?:

  • “¡Otra vez llorando!” (con lo cual dejo de llorar y aprendo a no expresar mi dolor, ya que, a los demás, mi dolor no los mueve a preguntarme qué me pasa - y, así, ayudarme a gestionar mis propias emociones- y consolarme, sino que les molesta).

  • “¡No podés tardar tanto!” (lo que me lleva a forzarme a funcionar de un modo que no es mío, con tal de ser aceptado por mamá/papá/maestros/sociedad. Dejo de hacerlo de acuerdo a mis características particulares y, en consecuencia, de disfrutar de lo que hago y/o aprendo, además de volverme ansioso y autocrítico, y llenarme de frustración por no ser “como se debe”, sin contar el dolor que me produce que los demás no me vean “así como soy”, sino que me piden que sea el de su fantasía idealizada).

  • “¡Naaa! ¿Ese color de zapatos vas a elegir?” (tras lo cual dejo los zapatos que a mí me gustan a un lado y le pregunto a mamá, papá o persona que me acompaña qué color debería ser “el adecuado”, y llevo esos para complacer a los demás).

  • “No tenés hambre, lo que vos tenés es sueño. ¡Andate a dormir!” (este es el remate final: cuando los adultos están incapacitados para escucharme, y “decretan” qué es lo que me pasa -como si ellos supieran más que yo acerca de mi propia experiencia interna-. Como si no pudiesen pensar en la posibilidad de que, en realidad, yo no tenga ni hambre ni sueño, sino necesidad de ser abrazado, pero tengo que usar “una excusa”, ya que, de otro modo, mi necesidad de amor no es cubierta. Aquí, mi intuición infantil ya ha sido totalmente quebrada. De ahora en más, voy a dudar de mis percepciones internas y, cada vez que sienta algo, como ser angustia, dolor, miedo o desconfianza, no voy a seguir mi intuición, sino que voy a ir a preguntar a “los que saben” qué es lo que realmente estoy sintiendo. Cuando, por ejemplo, en unos años, perciba de mi pareja conductas que me generen algún tipo de inquietud o malestar, voy a dudar de ellas y me expondré a terminar emparejado/a con alguien perjudicial). 

Una persona que ha crecido con mensajes de este tipo, difícilmente se convierta en alguien que toma las mejores decisiones para sí, de acuerdo a su intuición, sino que aprenderá a dudar de lo que siente (su intuición ya no será su mejor guía) y a dejarse a sí mismo de lado, actuando siempre de acuerdo con el deseo de los demás, para ser aceptado. ¿Qué pasará cuando su nivel de desconexión con sus propios deseos y necesidades interfiera con decisiones trascendentes, como ser qué carrera estudiar, a quién elegir como pareja o cómo ser la mejor guía posible para sus hijos? Podrá tener libertad de elección, pero no libertad psicológica, ya que ésta estará condicionada por la gran desconexión interna que la acompaña. Y, mientras mantenga esta desconexión, no podrá “darse cuenta” de qué necesita o desea (ni transmitir esta capacidad a sus hijos), por qué duda tanto, por qué se siente vacía o con angustia, o por qué siente que algo “le falta” y busca llenarlo con cosas materiales. Sus decisiones no tendrán como fin acercarse cada vez más a quien ella es, sino hacer “lo que se debe”, dejar a todos contentos y evitar todo lo malo que los demás puedan pensar de ella.

¿Cómo reconectar con nuestra sabiduría organísmica y ganar libertad psicológica, para sentirnos más plenos y completos? Hay un solo camino: yendo hacia adentro, escuchándonos como nadie nos enseñó a hacerlo, brindándonos libertad de experiencia (tema expuesto en este otro artículo), aprendiendo a sentir de un modo más natural, y no tanto mental, soltando el control que implica PENSAR en cómo debemos ser, y permitiéndonos SER y SENTIR como realmente somos. Es un recorrido maravilloso de autodescubrimiento, de olvidar lo aprendido y dejar que la esencia aflore, de sorprenderse con aquello que siempre estuvo ahí sin nosotros saberlo. Es un VOLVER A CASA.

Carla May
Consultora Psicológica Humanística y Sistémica
Facilitadora del Desarrollo Personal 
15-6103-2940 
4726-6479 
General Pacheco, Buenos Aires

domingo, 31 de julio de 2016

La Casa de Colores - Counseling Psicológico para el Despliegue del Ser

Procesos de Desarrollo Personal Individuales y Grupales desde el ENFOQUE HOLÍSTICO CENTRADO EN LA PERSONA y ENFOQUE SISTÉMICO

Grupo de Ayuda Mutua para SUPERAR DEPENDENCIAS AFECTIVAS

Estanislao del Campo 487, General Pacheco
4726-6479
15-6103-2940
clr.carlamay@hotmail.com

jueves, 30 de junio de 2016

¿QUÉ ES LA LIBERTAD DE EXPERIENCIA? ¿TE ANIMÁS A EXAMINAR CUÁNTA TE BRINDÁS?





Dentro de la teoría rogeriana (de Carl Rogers, creador del Enfoque Centrado en la Persona), existe un concepto fundamental: la LIBERTAD DE EXPERIENCIA.

Poseer libertad de experiencia implica darte el permiso de sentir lo que sea que sientas de la manera en que se presenta, sin juzgarlo. A mayor libertad de experiencia, más congruente y funcional vas a ser, ya que no existirán sentimientos que, por considerarlos malos o inadecuados, percibas como amenazantes. Al no percibir ningún sentimiento como amenazante, tampoco vas a negarlo. Y, si no negás nada de lo que te acontezca a nivel emocional, eso tampoco te dominará de manera inconciente. Podrás, por ejemplo, sentir enojo o, incluso, ira, sin que esto implique actuar con violencia contra nadie (ni contra vos mismo, ni contra terceros).

¿Cómo llega una persona a tener libertad de experiencia? Pues tuvo la fortuna de crecer en un ambiente donde nadie lo juzgara de acuerdo a cuáles fuesen sus sentimientos. Siendo niño, nadie lo acusó de “malo” por experimentar enojo, celos o envidia, por ejemplo. Le explicaron que esos sentimientos son propios de la naturaleza humana y que no está ni bien ni mal tenerlos; que lo únicamente incorrecto sería actuar de manera perniciosa contra otro a partir de ellos, más no el experimentarlos. Eso posibilitó que la persona se hiciera “amiga” de todas sus emociones, evitando, de esta manera, ser dominada por ellas.

¿Qué sucede con las personas que no poseen libertad de experiencia?
Es muy probable que hayan crecido en un ambiente en el cual determinados sentimientos estuviesen mal vistos; si ellas demostraban alguno de tales sentimientos, eran criticadas, juzgadas y reprendidas. Lo que debieron hacer para ser aceptadas (y, así, sentirse queridas) fue guardarse esos sentimientos para sí. En muchos casos, con el paso de los años, los sentimientos amenazantes (“amenazantes” porque demostrarlos implica el rechazo de los demás) han llegado a ser negados. Ya, directamente, ni se sienten. ¿Significa esto que tales sentimientos desaparecieron? No, no desaparecieron. Fueron enviados al inconciente, “ocultados” allí. ¿Para qué? Para no sentirlos. Sentirlos implicaría el rechazo automático de las personas de cuyo amor y valoración ellas dependen en sus primeros años de vida.


Una persona que ha aprendido a funcionar de esta manera no está completa; ha escindido partes naturales humanas suyas en función de asegurarse el amor de los demás. Se ha sobreadaptado a su ambiente para sobrevivir emocionalmente. Y hoy, ya adulta, siente malestar emocional (en alguna de sus formas), aunque no comprende por qué:


• Juan jamás se enoja. Su familia siempre ha tildado de “mala persona” a quien demostrara enojo. Sufrió bullying durante la escuela primaria y secundaria. Hoy, con 23 años, no puede decir que no a los abusos de sus compañeros de trabajo. No puede enojarse. Sería considerado “una mala persona” por eso. Por tal motivo, en lugar de sentir enojo, sufre ataques de pánico.

• Octavio está por separarse. Su esposa le pide que sea más cariñoso, y él de veras quisiera serlo, pero no puede. Y no recuerda que, cuando era niño, le decían “mariquita” cuando lloraba o demostraba afecto abrazando a alguien. Hoy, no puede demostrar a su esposa que la ama, ni llorar ante el dolor que está experimentando al perderla. Ni él mismo se entiende. Y está comenzando a beber mucho, buscando tapar el dolor.

• Ludmila se siente rara. Siente “que le falta algo”. No pareció alegrarse cuando se recibió de abogada ni cuando le ofrecieron un empleo soñado. Sólo hace poco recordó que, de pequeña, le invalidaban cualquier expresión de alegría bajo el mensaje de que reír porque sí es de “mediocres”. Y por este “algo” que le falta por un lado, otro “algo” le sobra por otro: es adicta al trabajo.


Claro que vivir nos enfrenta a situaciones en las cuales sentir la emoción marginada es inevitable y es muy probable que una persona que, como Juan, Octavio y Ludmila, ha “escondido” emociones, entre en crisis en esos momentos.


¿Y por qué? Porque han internalizado aquel mensaje que recibieron cuando su supervivencia emocional dependía de otros. Hoy, las críticas a experimentar emociones “indeseables” se las hacen ellos a sí mismos. Esto les impide darse el permiso de sentir lo que de veras sienten, y que les sería tan liberador. Por tal motivo, están “incongruentes”, funcionando de manera incompleta. La congruencia llegará cuando puedan cuestionar sus creencias acerca de lo inadecuado de sus sentimientos e integrarlos a su ser; cuando ya no tengan que “guardar” emociones en su inconciente, y realizar esfuerzos sobrehumanos “para que no salgan”, aún a costa de inmolar su funcionamiento pleno y su felicidad. 



¿Cómo lograrlo? Una linda opción es comenzar un proceso de Counseling, que es la disciplina de ayuda psicológica de la libertad de experiencia por excelencia. Un profesional del Counseling acompaña a su consultante a resolver sus conflictos sin interpretar ni enjuiciar, convencido de que es el propio consultante quien más sabe acerca de sus propios problemas. Un counselor ayuda a su consultante a integrar aspectos suyos rechazados y/o exiliados y a examinar aquellos otros que han sido adoptados como propios sin serlo realmente. Un counselor ayuda a su consultante a conocer sus potenciales, hasta ahora ocultos, para resolver su motivo de consulta y llevarse esas herramientas para su vida. El fin último de un proceso de Counseling es ayudar a las personas a conocerse, desplegar sus potencialidades particulares y autorrealizarse. En definitiva, a lograr un funcionamiento pleno, ser feliz y relacionarse con otros sanamente.

Y VOS, ¿BRINDÁS Y TE BRINDÁS LIBERTAD DE EXPERIENCIA?
Brindar a otra persona libertad de experiencia implica permitirle sentir lo que sea que siente acerca de una determinada situación sin juzgarla de ninguna manera (ni negativa ni positivamente). ¿Y por qué no juzgarla? Porque cada quien siente de la manera particular en que puede hacerlo, y eso no está ni bien, ni mal. La creencia de que está bien o mal, es eso, una CREENCIA. Y las creencias pueden ser, a veces, ridículamente irracionales y carecer de fundamento alguno (personalmente, lo que más ruido me hace acerca de las creencias es que éstas cambian con los distintos momentos históricos; una muestra clarísima de que las creencias cambian según la opinión de quien las decrete y que no debo creerlas sin cuestionar cuál es MI OPINIÓN al respecto, sea lo que sea que hayan opinado, en su momento, mis padres, maestros, amigos, sociedad, etc.).

Impedimos la libertad de experiencia cuando cuestionamos, criticamos o juzgamos los sentimientos de los demás (como ser su tristeza o su felicidad), al creer que sentirlos de ese modo particular no es correcto, de acuerdo a nuestro propio parámetro. Así, criticamos que alguien no llore cuando ha sufrido una pérdida grande (es probable que aún esté shockeado y no pueda todavía llorar) o que, por el contrario, llore por algo que a nosotros nos parece insignificante (sin conocer el significado de esa pérdida para ella). Como si existiese una regla que decrete en qué casos sentir tristeza, alegría, pasión, miedo, etc., y durante cuánto tiempo… lo que nos alejaría de ser humanos y nos acercaría bastante a ser robots producidos en serie, imposibilitados de escuchar nuestras necesidades internas particulares y exigidos a sentir de acuerdo a un standard externo que no respeta nuestro Ser único e individual.

Una manera de autoexplorarte y determinar si te brindás libertad de experiencia es chequear si solés cuestionar la manera en que otros sienten lo que sienten, ya que quien cuestiona los sentimientos ajenos, inevitablemente (y sin notarlo), hace lo mismo con los propios. ¿Te animás a examinarte?


Carla May Counselor
Facilitadora del Desarrollo Personal
15-6103-2940
4726-6479
General Pacheco, Buenos Aires.

domingo, 19 de junio de 2016

Carla May, Facilitadora del Desarrollo Personal

Te acompaño en tu búsqueda de mayor bienestar emocional, a encontrar tus respuestas y a desarrollar potencialidades aún no descubiertas.

Carla May Counselor
Facilitadora del Desarrollo Personal
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15-6103-2940 (Cel/WhatsApp)
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Alejarnos de personas que lastiman


Muchas veces, las personas lastimadas, lastiman. Esto no nos obliga a permanecer cerca de quien nos lastima, aunque su accionar esté justificado a partir de la dolorosa historia que trae a cuestas. También es nuestro derecho protegernos y preservados de ser lastimados (algo que nadie más puede hacer por nosotros).

Una opción es alejarnos de quien lastima, hasta tanto esa persona se haga responsable de su sanación. Así, si ella elige continuar abrazando el dolor que la daña y daña a otros, y esto vuelve inevitable el hecho de que alguien salga lastimado, que sea sólo uno, y no dos.

Carla May Counselor
Facilitadora del Desarrollo Personal
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General Pacheco, Buenos Aires.

Evitando la crítica

Muchas personas utilizan la crítica encubierta "Yo no entiendo cómo vos.../cómo te puede gustar.../qué le ves a..."

Cuando te topes con este tipo de juzgamiento, podrías responder:
"No hace falta que lo entiendas, tan sólo que lo aceptes."

Muchos redoblarán la apuesta con un: "No puedo aceptarlo."

Allí, sólo quedará responder: "Si no podés aceptar algo acerca de mí, no soy yo quien lo pasa mal. Manejalo."

Carla May Counselor
Facilitadora del Desarrollo Personal
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¿Tenés una actitud enjuiciadora y crítica?


En ocasiones, nos encontramos con personas insatisfechas, resentidas, negativas, enojadas con la vida, críticas y juzgadoras de los demás. Nuestra primera reacción suele ser de rechazo. Pocas veces nos preguntamos qué se esconde detrás de sus conductas.

Usualmente, hay una historia de dolor. Han habido padres o cuidadores hipercríticos, distantes, negativos y poco empáticos. La sensación con la que se crece ante tamaño abandono emocional es de desamparo, de desprotección, de soledad y de injusticia. Probablemente, ha sido necesario desarrollar conductas defensivas, tales como ofenderse, el enojo, los estallidos de ira, los ataques verbales o el distanciamiento emocional, en un intento de sobrevivir a la hostilidad imperante. Y estas formas de relacionarse con los otros se ha adoptado como una práctica corriente, ya que, cuando se proviene de un ambiente de "guerra", se suele mirar a todo aquel que se acerque como un potencial "atacante". Y, ante la posibilidad de un ataque (quizás hoy sólo existente en la fantasía), es preciso atacar primero, con la consiguiente perplejidad de los demás, que no comprenden tamaña agresividad. En ocasiones, la conducta defensiva se lleva a cabo con los propios hijos, incluso cuando estos son muy pequeños, de quienes es impensado, pueda provenir algún "ataque" real.

La lamentable consecuencia es que se aleja a los demás, dificultando la posibilidad de tener relaciones distendidas y disfrutables. Por el contrario, los demás toman distancia y, lo que queda, es una desagradable sensación de soledad y de que los otros son injustos por alejarse de alguien tan necesitado del buen trato que nunca conoció.

Si no se toma conciencia de este modo de relacionarse y se trabaja en ello para lograr acercarse a los otros de un modo menos nocivo, se corre el riesgo de quedarse solo y sufrir por ello eternamente.

Si te sentís identificado, sabé que una nueva forma de relacionarse con los demás y sentirse más seguro en compañía de otros es posible. Puedo acompañarte en el proceso.

Carla May Counselor
Facilitadora del Desarrollo Personal
15-6103-2940
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General Pacheco, Buenos Aires.