sábado, 29 de junio de 2019

¿CÓMO COLABORAMOS CON LA FORMACIÓN DE UN YO NO SANO EN NUESTROS HIJOS?


No voy a dar a este artículo un perfil académico ni formal, sino poder contar, desde mi devenir personal, lo que veo en consulta y podría ser útil para vos.
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Cuando era chica, y escuchaba comentarios acerca de que Fulano tenía depresión o de que Mengana tenía “una enfermedad mental”, yo creía que cada uno de ellos había llegado a experimentar esa patología por “destino”; creía que era lo que a cada uno le había tocado, como si la forma en que cada uno fuese y atravesase su existencia dependiera de la suerte.
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Luego llegué a la Psicología Humanista y aprendí que cada uno de nosotros puede tener una cierta predisposición genética a desarrollar determinada condición psicológica o psiquiátrica, pero que no alcanzaba con eso; que, de no haber colaboración del AMBIENTE en el uno crece, esa predisposición podría jamás despertar y manifestarse.
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Y son esas condiciones ambientales las que veo en consulta con la mayoría de mis consultantes.
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Las personas que llegan a nosotros, los counselors, quizás sean las que hayan tenido la fortuna de llegar al mundo con más recursos internos, lo cual les posibilitó no desarrollar patología. Sin embargo, sus vivencias podrás haber sido similares a las de aquellos que sí han desarrollado una, y necesitan un abordaje con un psicólogo y/o psiquiatra.
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¿QUÉ HABRÍAN NECESITADO PARA DESARROLLAR SU YO SANAMENTE?
Cualquier niño que arriba a este mundo necesita, para poder desarrollar un Yo sano, experimentar seguridad interna. Si no hay interferencias externas que obstaculicen el proceso, ese niño podrá destinar toda su energía psíquica a descubrir el mundo, primero, y a ir descubriendo cómo él o ella es internamente, luego. La seguridad interna (es decir, no necesitar estar a la defensiva ni en estado de alerta permanente) obran como un campo fértil: cuanto más fértil es, más saludables serán los brotes. La imagen más representativa de este estado de seguridad interna es la clásica de un niño absorto en su juego en una plaza. De repente, parece que ese niño “despertara de ese idilio lúdico” y busca con la mirada a su mamá, papá o cuidador. Si esa persona está ahí, observándolo, el niño se siente cuidado y seguro, y, luego de sonreír, vuelve a su juego, tranquilo al saberse protegido.
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Cuando esto no sucede, y no de un modo esporádico, sino más bien de manera sistemática, el niño registra que su seguridad depende de él mismo, por lo cual necesitará quitar la energía psíquica que destinaba a generar su Yo interno y tendrá que volcarla a una búsqueda de seguridad. Su Yo no dejará de desarrollarse, sólo que no lo hará como brotes verdes, sino como un desierto árido… y así irá por la vida.
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Los relatos que escucho en consulta dan cuenta de qué provocó que hoy, mis consultantes funcionen alejados de un estado de salud emocional óptimo.
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Si estás empapada/o en la teoría del apego, verás por qué coloqué los siguientes relatos en grupo. Si no conocés esta teoría, te iré explicando:
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💬 “Mi mamá era una frustración caminando. Cuando algo no salía como ella quería, estallaba en furia y ¡agarrate! Tan sólo ponerme la ropa mal o que algo se me cayera al piso podía hacerla empezar a gritar, tratarme horrible o pegarme. Muchas otras veces, no dependía de lo que yo hiciese. A ella le pasaba algo en la calle o el trabajo y venía hecha una furia. No pasaba siempre, porque a veces estaba de buen humor, pero yo siempre estaba mirándola, a ver si lo que yo había hecho provocaba en ella que saliera el monstruo o si no pasaba nada”.

💬 “Mi mamá, pobrecita, siempre fue víctima de la psicopatía de mi papá. Él la criticaba y ella podía hacer dos cosas: o lloraba como una nena o se descargaba con mi hermano y conmigo. Era algo como incontrolable. Rogaba que mi papá no estuviese para yo sentirme seguro. Cuando mi papá estaba lejos o actuando como una persona normal, todo estaba bien.”


💬 “Desde que tengo memoria, mi mamá es depresiva. ¿Sabés las veces que le escuché decir que se quería morir? ¡No tenés idea de cómo yo me desesperaba! ¡¡¡¿¿¿Qué iba a hacer yo sin mi mamá???!!! No sabés, era estar en la escuela pensando si, al volver, la iba a encontrar bien o no. Un día la encontré durmiendo y me desesperé. ¡Pensé que estaba muerta! ¡No sabés cómo la insulté y golpée! ¡Sentí que me moría! Y después de eso, tener que escuchar que cómo yo trataba así a mi mamá, con lo delicada que estaba, y que por qué no me ocupaba de lo realmente importante, el estudio, a ver si levantaba las notas.”


💬    "       "Mi papá toooooda la vida se quejó de mi mamá. Que ella esto, que ella aquello. Ellos acordaban algo como pareja y él iba y rompía ese acuerdo. Y yo, en el medio, teniendo que cuidarla de él, a la vez que me siento re culpable, porque él y yo somos re compinches. A veces no la puedo mirar a la cara, por si ella cree que yo estoy complotada con mi papá. En fin, el resultado de haber sido criada por dos niños.”
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💬 “Es horrible saber que mi mamá no estuvo ahí para mí. Es decir, estaba físicamente, pero siempre mirándose el ombligo. Que su depresión, que su duelo, que nadie la escucha, que nadie la tiene en cuenta. ¿Te parece que un niño de 6 ó 7 años tiene que escuchar eso de su propia madre, una adulta? Siempre haciendo sentir culpables a los demás. No sabés, ¡una víctima de la vida! Eso sí, a mí, mis buenos golpes me daba cuando yo no era lo que ella quería y le brotaba la frustración. Ah, pero la víctima es ella, ¡eh!”
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Quizás esto te suene al gérmen de un APEGO INSEGURO AMBIVALENTE: la figura de apego (el cuidador) para ese niño es, en realidad, impredecible. El niño no sabe cuándo se lo tratará bien y cuándo no, cuándo habrá alguien para mirarlo a él o cuándo no, debido a ser cuidado por un adulto que no sabe regularse emocionalmente. El niño deberá estar SIEMPRE ATENTO a ese adulto, para ver si lograr frenar a tiempo un estallido de violencia, luego de registrar el primer signo de incomodidad, enojo, frustración en su rostro. Se convertirá en un experto en control para evitar que ese adulto se desregule, pero no lo hará porque es bueno y desea que ese adulto no sufra, sino para evitar el castigo psíquico o físico de su parte.
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Si ha tenido figuras de apego con alguna conducta que implicase la posibilidad de que se hiciese daño o desapareciera, el niño, probablemente, haya asumido el rol de cuidador; nuevamente, no porque cuidar sea su vocación, sino para evitar perder a la persona que, se suponía, debía cuidar de él.
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El niño no tendrá resto para desarrollar un Yo sano y probablemente desarrolle Dependencia Emocional, es decir, ir por la vida buscando que se lo trate del modo que debería haber sido, al haber quedado hambriento de amor. Será un niño que no pudo crecer y, muy probablemente, no madurará emocionalmente.
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Si está acostumbrado a que se lo maltrate, irá por la vida haciéndose cargo de las críticas de los demás, y, al igual que ocurrió con aquella figura de apego impredecible, no se irá cuando sea maltratado, sino que, ahora con años en la práctica en control, adecuará su persona a las demandas de ese otro.
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Si asumió el rol de cuidador, buscará a personas de las cuales cuidar (alguien con una adicción, con una enfermedad física o psíquica invalidante, o que no pueda mantenerse económicamente, por ejemplo). Así, sentirá que es valiosa para alguien.
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En todos los casos, son personas que debieron correrse del rol protagónico en sus vidas, para adecuarse o dejar contento/tranquilo a alguien más. Desde ese lugar, funcionarán en la vida. Y habrá sufrimiento.
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💬 “Mi papá es una crítica que respira. Todo lo que yo siempre hice estuvo mal para él. Hasta me amenazaba con que nadie me iba a querer si no hacía las cosas bien. Hoy estoy entendiendo que ‘hacer las cosas bien’ era hacer lo que él quería. Es horrible que nunca me haya dejado ser quien soy. Si hasta me casé con una persona hipercrítica, igual que él. Ya no lo quiero ver.”


💬 “Me siento una estúpida. Toda mi vida intentando contentar a esta madre insatisfecha con su propia vida. Nunca nada le vino bien. Que todo estaba mal hecho, que yo no sabía hacer nada. ¡Obvio! ¡No aprendí nada de ella porque no quería estar cenca suyo ni 5 minutos! Y yo, siempre haciéndole favores y esperando que, alguna vez, me mostrara cariño o me dijera una palabra amable. Hoy se queja de que está sola. En fin...”
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Cuando hay rechazo, crítica, desamor o castigo emocional puede generarse un APEGO INSEGURO EVITATIVO. El niño aprendió que la única forma de evitar el dolor de un adulto nocivo era estar alejado de él. Es posible que hoy, ya adulto, le cuesten las relaciones de cercanía y evite el compromiso, como una forma de resguardarse del posible dolor emocional que implicaría desnudarse emocionalmente frente a otro. A sus ojos, todas las personas son dañinas.
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No incluyo el apego inseguro desorganizado porque es probable que se desarrolle psicopatología asociada, campo de la psicoligía clínica.
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Lo que sabemos del tipo de apego que una persona desarrolle es que es lineal, es decir que se transmite de generación en generación. Si tuve un padre con apego inseguro ambivalente, muy probablemente, también yo lo desarrolle.
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Algo propio de los estilos de apego inseguro es que fueron generados por tener padres que, desde lo emocional, no pudieron desarrollar un Yo sano. Estos padres han ido por la vida buscando la forma de sobrevivir emocionalmente. Una persona que funciona en modo "supervivencia afectiva" no puede apartar la mirada de su propio ombligo, ni siquiera con sus hijos, ya que hay elementos de madurez y seguridad emocional que ella misma sigue buscando y hay una herida que sigue abierta. Si los hijos de estos padres han tenido una estructura de personalidad fuerte, quizás sólo reproduzcan el tipo de apego inseguro y el sufrimiento emocional asociado.
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Si sus hijos han tenido la desavenencia de contar con una estructura de personalidad lábil (o débil), éstos probablemente desarrollen un trastorno de la personalidad. De ahí, el libro que acompaña a este artículo. Para que puedas ver cómo cada Trastorno de la Personalidad tuvo su génesis en un tipo de trato determinado en la infancia (nada es casual).
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La intención de este artículo no es que te sientas culpable si, siendo mamá o papá, funcionás desde un estilo de apego inseguro. La intención es que puedas hacer algo con ello para lograr dos cosas:
1. Ser más feliz.
2. Ser una base segura para tus hijos (a pesar de tu pasado).
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Pedí ayuda. Sanar es siempre una opción.
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Carla May
Consultora Psicológica Humanística y Sistémica
Facilitadora del Desarrollo Personal Integral
https://focusinggeneralpacheco.blogspot.com/
http://carlamaycounselor.blogspot.com/
15-6103-2940
2129-5698

miércoles, 5 de junio de 2019

INTUICIÓN Y FOCUSING


INTUICIÓN Y FOCUSING
¿Te sucede, alguna vez, que (aunque, en alguna ocasión, dudando) algo dentro tuyo parecería ya saber qué tiene que hacer, qué decisión tomar o de dónde alejarse, por ejemplo?
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Podríamos decir que estás conectad@ a tu “intuición”, parte fundamental de la ESENCIA DE TU SER.
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Ahora bien, ¿qué es la intuición?
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La intuición (del latín "intuitio") significa: "MIRAR HACIA ADENTRO" o "CONTEMPLAR".
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De modo que la INTUICIÓN no es magia, sino la capacidad de poder ver, de manera sensible y natural, lo que transcurre en nuestra experiencia interior.
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Personalmente, asocio la INTUICIÓN al concepto de SABIDURÍA ORGANÍSMICA de la Psicología Humanista; esa guía interna que, de ser escuchada y validad, funciona como nuestro faro interior.
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¿Por qué este "faro interior" no puede ser percibido por algunas personas?
Probablemente, hayan tenido que construir pared tras pared de defensas para sobrevivir lo mejor posible a lo que sea que les haya tocado experimentar en sus vidas. A mayor cantidad de paredes, más distancia habrá entre estas personas y sus "faros interiores".
De lo que estamos seguros es de que esos faros jamás dejan de iluminar. Si debimos erigir muro tras muro de defensas durante nuestra existencia, probablemente no podamos percibir su luz, aunque es imposible dejar de percibir su calor. Ese calorcito sabio que desea cuidarnos y hacer de nosotros nuestra mejor versión posible, lo más felices y plenos que podamos, y que, al no alcanzar su objetivo, a veces debe "quemarnos" con uno o varios malestares psíquicos, emocionales o físicos. Su intención es increíblemente amorosa. Tan amorosa, que nos muestra, utilizando el malestar como miguitas de pan a seguir, el camino hacia nuestra ESENCIA.
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FOCUSING es una forma poderosa de relacionarnos con cada uno de esos muros defensivos. Esos muros están vivos; contienen tantas células, sangre y energía como cualquier otra parte de nuestro cuerpo. El FOCUSING nos permite acercarnos a estos muros con la mejor medicina: nuestra presencia, validación, aceptación y amorosidad. Esos muros no desean que los destruyamos, sino que los amemos con aceptación segurizante y que escuchemos con atención todo lo que necesitan comunicar. Sólo cuando esto ocurre, ellos pueden dejar de "defender", y se transforman en energía intuitiva, dirigiéndose directamente a nuestro faro interno y acrecentando su luz que, ahora, podemos, aunque tenuemente, comenzar a ver.
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Nuestra INTUICIÓN/SABIDURÍA ORGANÍSMICA/ESENCIA jamás ha dejado de existir. Ni un solo minuto. Está ahí, esperando pacientemente que le posibilitemos acrecentar, día tras día, su luminosidad y capacidad de guiarnos.
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FOCUSING te ayuda a lograrlo.
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Carla May
Consultora Psicológica Humanística y Sistémica
Facilitadora del Desarrollo Personal Integral
https://focusinggeneralpacheco.blogspot.com/
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martes, 4 de junio de 2019

FOCUSING: LA SABIDURÍA DE NUESTRO CUERPO COMO GUÍA DE VIDA


La finalidad de todo proceso de indagación personal es lograr una mayor calidad de vida a partir de adquirir herramientas emocionales de las cuales no se disponía anteriormente. Estas herramientas pueden ser adquiridas y/o construidas una vez que se ha ganado conciencia acerca de algo que antes se veía borroso o, directamente, no se veía. En términos generales, nos referimos a esto como “traer luz”. Para Sygmund Freud, padre del Psicoanálisis, esto sería “hacer consciente lo inconsciente”; para Fritz Perls, creador del Enfoque y Terapia Gestálticos, “darse cuenta”; para Carl Rogers, creador del Enfoque Centrado en la Persona, “atender nuestra experiencia para simbolizar lo todavía no simbolizado”; y, para Eugene Gendlin, creador del Enfoque Centrado en el Cuerpo (o FOCUSING), “acceder al mundo de lo implícito a través del cuerpo para simbolizar nuestra experiencia interna”.
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“Lo implícito” refiere a todo un mundo de significados aún sin simbolizar (no registrados concientemente por la persona, pero en el límite de la conciencia) que necesita de un vehículo para ser alcanzado y decodificado. Ese vehículo, en FOCUSING, es nuestro cuerpo, el cual no se refiere, en palabras de Gendlin “sólo a lo contenido dentro de nuestra piel”, sino a un perfecto y complejo entramado de fisiología, psiquismo, espiritualidad y energía; ese lugar, a veces difícil de explicar con palabras, donde acontece “lo que nos pasa”.
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Nuestro cuerpo contiene una fuente inagotable de información. En Counseling Humanístico, nos referimos a esta fuente de información como “SABIDURÍA ORGANÍSMICA”. Su función es ser una guía perfecta acerca de qué es lo más adecuado para cada uno de nosotros en cada momento de nuestra existencia. De ser atendida y respetada, logramos un funcionamiento pleno, manifestado en un comportamiento abiertamente saludable hacia uno mismo y hacia los demás, en el que no abundan la utilización de nuestros mecanismos de defensa ni conflictos emocionales invalidantes y/o perjudiciales para nuestra calidad de vida.
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Lamentablemente, no siempre escuchamos a esta guía interna perfecta. Esto se debe a una progresiva desconexión con nuestro mundo interno, las más de las veces asociadas a la necesidad de adaptarnos a nuestro medio ambiente (familia, escuela, sociedad), con el fin de ser aceptados y amados. Por “adaptación” entendemos la necesidad de esconder (primero) y, progresiva e inevitablemente, dejar de registrar (después) todo sentimiento o expresión que ese medio ambiente perciba como inaceptable o perturbador. Este alejamiento de ser nosotros mismos y comenzar a ser como se nos demanda es un mecanismo de defensa que nos permite evitar la crítica y el rechazo. Sumemos aquellas características no propias que hemos debido adoptar para asegurarnos ese amor y aceptación, como, por ejemplo, estar siempre de buen humor, hacerlo todo bien, ser fuerte, incansable, inteligente, y un sinfín de etcéteras.
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Esta desconexión interna nos aleja de saber cómo somos o qué es lo mejor para nosotros, ya que dejamos de guiarnos por nuestra SABIDURÍA ORGANÍSMICA (y comenzamos a funcionar en base a condicionamientos externos a nosotros) y, así, perdemos libertad psicológica. En algún momento, van a aparecer la angustia, la ansiedad, la frustración, los conflictos internos. ¿Cuándo? Cuando, debido a nuestra limitada libertad psicológica, nuestro pensar, nuestro sentir, nuestro actuar y aquellas elecciones que, a partir de ellos, hagamos, se contrapongan a nuestra SABIDURÍA ORGANÍSMICA, que a veces sale de su latencia, despierta con fuerza y demanda ser escuchada. En esos momentos, ella parece querer protegernos con un “No, por ahí no es”. Y lo realmente angustiante es que no parecemos darnos cuenta de “por dónde SÍ es”.
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A raíz de esta desconexión con nuestro guía interno, podríamos experimentar todo un abanico de manifestaciones psíquicas, espirituales y físicas: apatía, depresión, ansiedad, adicciones, dificultad para tomar decisiones o para hacernos responsables de nosotros mismos, miedo al cambio o a los vínculos, irritabilidad y agresividad, aburrimiento, no saber qué estudiar, qué hacer con nuestra vida o a quién elegir como pareja, necesidad de aprobación externa permanente, baja autoestima, necesidad de tener todo bajo control, dolores físicos crónicos, etc., etc., etc.
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Lo que se busca en un proceso de FOCUSING es reconectar con nuestra experiencia real, de modo de acceder a “lo implícito”, es decir, al significado real y particular que nuestras experiencias tienen para cada uno de nosotros, como personas únicas y particulares, posibilitando simbolizar sus significados personalísimos e intransferibles. Estos significados son develados a través de nuestro cuerpo. En la medida en que devolvemos a nuestro cuerpo su autoridad como el máximo referente de sabiduría, éste colabora posibilitando detectar una sensación o malestar allí donde algo necesita develarse. Ese “algo”, aún no simbolizado, pero cargado de información, se muestra a través de una “sensación sentida”. Esta sensación sentida necesita ser registrada y atendida con voluntad y conciencia para poder ser, luego, “explicada con palabras” y simbolizada (capitalizada en nuestra conciencia). Contiene un caudal de significados que irán emergiendo en la medida en que le permitamos develarse del modo en que necesite hacerlo. Esto podría ser, de acuerdo a las particularidades de cada persona, una sensación física, una imagen, una palabra, una idea, un recuerdo, un color, un aroma, etc., que traerán consigo aspectos de nuestro SER desconocidos, o que podrían haber sido negados o deformados en el pasado, en función de aquellos condicionamientos externos. Estos aspectos rechazados, deformados o desconocidos necesitan reintegrarse a nuestro SER.
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En un proceso de FOCUSING, algo que de aquello que esta persona, en algún momento (y defensivamente), le “escondió” a su conciencia, tocará a la puerta. Quizás aparezca como una sensación de opresión en el pecho, de nudo en la garganta, de imagen difusa y borrosa, de un sonido o palabra, o la sensación de estar “flotando”, por ejemplo. Cuando estas “sensaciones sentidas” aparecen, queda totalmente de manifiesto que la persona está al fin lista para recibirlas y sumergirse en ellas, algo similar a girar la llave, abrir la puerta, dejarlas entrar y abrazarlas con un “¡Bienvenido!”. Este “invitar a pasar y abrazar” posibilita experimentar el núcleo principal de un proceso de FOCUSING, algo que Gendlin denominó “viraje corporal”, que no es ni más ni menos que una sensación de algo transcurriendo y transformándose en su interior, y que trae alivio. En palabras de Gendlin, “…algo que estaba abotonado, de repente se suelta y hay un expandirse muy, muy ancho, que luego se instala en un suave respirar”. La transformación ya ha ocurrido y esta nueva información, ahora integrada, acrecienta el poder personal de esta persona, que, de repente, se ha vuelto un poco más ella misma. Esto no sólo la hará sentir “más completa y funcional”, sino que contribuirá a atender cualquier situación que se presente en su vivir, al contar con herramientas emocionales ahora más acabadas y sofisticadas.
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Integrar nuestros aspectos rechazados, deformados o desconocidos requiere Presencia, es decir la actitud de permanecer aceptante y amorosamente con todo aquello que se vaya develando, sin juzgarlo, dejándolo ser del modo en que ES. La Presencia no es mental, no analiza ni juzga; tan sólo acepta cada aspecto de la persona rechazado, deformado o desconocido que necesita ser escuchado. Cada “algo” que es escuchado, aceptado e integrado pierde su condición de amenazante, a la vez que vuelve a la Presencia aún más fuerte, extensa y aceptante. A más Presencia y más integración de aspectos de nuestro SER antes exiliados, fortalecemos nuestro yo y funcionamos de manera más auténtica, menos automáticamente, utilizando menos mecanismos de defensa (porque ya no sentimos la necesidad de ocultarnos ni ocultar a los demás quienes somos realmente), así como menos respuestas copiadas de otros y automatizadas, que no son efectivas en términos de desplegar nuestro potencial interno y favorecer nuestro bienestar.
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Resumiendo todo lo antedicho en una definición concreta, ésta sería: FOCUSING es un proceso mediante el cual buscamos sanar emocionalmente y/o mantener un sano equilibrio psico-espiritual conectándonos con y escuchando atentamente la sabiduría natural que nuestro cuerpo, como canal, nos comunica.
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El resultado es una gratificante sensación de plenitud al abrazar aspectos de nuestro Ser alguna vez perdidos y, hoy, como piezas de rompecabezas extraviadas y recuperadas, volviéndonos los seres completos y funcionales que jamás debimos haber dejado de ser.
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Como punto final, es importante aclarar que Focusing no es una terapia. Es un recurso humano natural (es decir, nacimos con él, aunque muchos lo hayamos perdido) que algunos profesionales de la salud mental brindamos a nuestros consultantes o pacientes, pero que puede ser practicado por cualquier persona, tanto en sí misma, como para acompañar a otros. Es idealmente sugerido para mamás y papás, docentes y médicos, y aquellas personas que utilicen prácticas como Mindfulness o Meditación y deseen dar “una vuelta de tuerca más”, aprendiendo a “vincularse” con aquello que aparece y necesita ser atendido.
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Carla May
Consultora Psicológica Humanística y Sistémica
Facilitadora del Desarrollo Personal Integral
https://focusinggeneralpacheco.blogspot.com/

https://carlamaycounselor.blogspot.com/
15-6103-2940
2129-5698
General Pacheco, Buenos Aires


* Próximamente, formación teórico-vivencial en General Pacheco.

miércoles, 21 de noviembre de 2018

Procesos de Desarrollo Personal en General Pacheco


Carla May, Consultora Psicológica

Soy Consultora Psicológica desde el Enfoque Holístico Centrado en la Persona. Facilito procesos de cambio y de Desarrollo Personal, y me especializo en Dependencia Emocional.

Con bases filosóficas en el Humanismo (la tercera fuerza, luego del Psicoanálisis y el Conductismo) y el Existencialismo, la visión del ser humano desde la cual desempeño mis profesión es la siguiente:

* Las personas somos una unidad CUERPO-ALMA-MENTE inseparable.

* Nuestro cuerpo y nuestro mundo interno van de la mano, y nuestro cuerpo contiene información valiosísima acerca de nuestra experiencia (sólo hay que escucharla).

* Sólo nos desarrollamos en la medida en que estemos en contacto con nuestro Sí Mismo y nuestra Experiencia.

* Nuestra experiencia es única y personal, con lo cual NO PUEDE SER INTERPRETADA NI GENERALIZA. Cada persona tiene SUS PROPIOS SIGNIFICADOS PERSONALES.

* Muchas veces, debido a condicionamientos externos (familiares, culturales y sociales), hemos debido escindir aspectos nuestros, así como adoptar otros que no nos pertenecen, con lo cual nos hemos distanciado de nuestra experiencia interna natural. El resultado es un estado de "incongruencia" que nos causa malestar y sensación de incompletud, no sólo a nivel personal, sino también en nuestra relaciones, ya que no nos relacionamos desde nuestro ser real, sino desde nuestros condicionamientos externos actuados.

* Sin embargo, los seres humanos no somos un producto inmodificable de nuestra historia, sino que, sin algo que lo impida, tenemos la capacidad de elegir y decidir, y, así, cambiar los aspectos de nuestra existencia que no nos hacen felices.

* Esta capacidad de decidir nos vuelve RESPONSABLES de cómo elegimos vivir nuestra existencia, más allá de las condiciones externas a nosotros, aquellas que no podemos modificar.

* Cuando, en un proceso de Desarrollo Personal, comienzamos a comprendernos y a acceder a más conciencia acerca de nosotros mismos, aparecen los recursos para resolver nuestros conflictos.

* Al mismo tiempo, al ir integrando aspectos de nosotros mismos antes rechazados o deformados, comenzamos a funcionar de modo más congruente, a un nivel cada vez más cercano de quien realmente somos.

* Cuanto más congruente nos encontramos, más cerca estamos de autorrealizarnos y materializar nuestras capacidades potenciales.

* Como un plus, cuanto más congruentes y funcionales nos encontremos, provocaremos, como consecuencia, cambios potenciales significativos en nuestras relaciones cercanas, ya que nos convertiremos en un modelo a copiar por otros.

Como counselor formada en el Enfoque Holístico Centrado en la Persona, brindo apoyo emocional y orientación en momentos de crisis y facilito procesos de cambio. No desestimo tu historia personal y vivencias pasadas, más me centro en tus vivencias presentes y en el potencial de cambio que este presente te posibilita, a futuro.

Carla May
Consultora Psicológica Humanística y Sistémica
Facilitadora del Desarrollo Personal Integral
15-6103-2940
2129-5698

LA CASA DE COLORES
Estanislao del Campo 487 (entre Alberdi y Cabildo), General Pacheco.
Mapita: https://goo.gl/maps/UtiEts6eEJK2

Aquí, podrás conocer más de mí y acceder a todos mis artículos: http://carlamaycounselor.blogspot.com/

jueves, 25 de octubre de 2018

LA DEPENDENCIA EMOCIONAL Y EL HAMBRE DE AMOR

La dependencia emocional es un patrón de relación en el cual, debido a nuestra necesidad de ser amados y aceptados, dejamos pasar señales de alerta acerca de lo inadecuada que es nuestra relación (porque nuestra pareja no nos demuestra amor, nos presiona para hacer o dejar de hacer cosas a su antojo, nos maltrata verbal, emocional y/o físicamente, o simplemente no somos felices con él/ella) y, aún así, no podemos defender nuestra posición o alejarnos. Si nos alejamos, probablemente sea por períodos cortos de tiempo y, luego, nos reconciliamos y volvemos a relacionarnos de manera disfuncional. Lo más alarmante de la dependencia emocional es que es el paso previo a la violencia en la pareja (es decir, no hay violencia en la pareja si no existió antes dependencia emocional). Poder reconocerla y superarla nos garantiza relacionarnos sanamente y enseñar a nuestros hijos a hacerlo, salvándolos del destino de repetir nuestro modo disfuncional de relacionarnos.

Las personas emocionalmente dependientes ostentamos en nuestro pasado una infancia con innumerables carencias de índole emocional, por lo cual transitamos por la vida con “hambre de amor”. Probablemente hayamos tenido padres con algún tipo de adicción o trastorno psiquiátrico, es decir, padres que, por sus propias perturbaciones, y librando sus propias batallas, no pudieron estar emocionalmente disponibles para nosotros, al igual que aquellos padres que han tenido que cuidar de un familiar enfermo o con discapacidad, o aquellos que, por haber tenido malas experiencias en sus propias vidas, y temerosos de que suframos de manera similar, nos han sobreprotegido al grado de no permitirnos desarrollarnos como seres autónomos y seguros. Es también posible que hayan habido padres infantiles, fríos, hipercríticos, ausentes (en vida o por fallecimiento) o maltratadores.

Ante este panorama de inseguridad emocional, justamente en la etapa de nuestra vida en la que más protegidos habríamos necesitado sentirnos, probablemente hayamos tenido que sobreadaptarnos a aquella realidad tan insegura, y de diversos modos. De esa manera, quizás dejamos de hacer demandas totalmente genuinas con el objeto de  que nuestros padres no se sintieran “sobrecargados” y, así, no bebieran, se drogaran o se deprimieran tanto (si a ellos les hubiese pasado algo, ¿quién habría cuidado de nosotros?). Quizás nos esforzamos por ser los mejores en la escuela o por portarnos bien, creyendo que, así, nuestros padres distantes y/o hipercríticos nos querrían más. O quizás aprendimos a ser silenciosos para que nuestros padres, emocionalmente volátiles, no estallaran en ira.

Esta búsqueda de artilugios para salvar o ganarnos el amor de nuestros padres tiene, como lamentable resultado, una brutal desconexión con las propias necesidades y una búsqueda inagotable de aceptación externa, que llevaremos por la vida como patrón aprendido. No nos relacionamos con la libertad de quien se siente valioso y merecedor de amor y buenos tratos. Por el contrario, nos sentimos poco valiosos, incompletos, inseguros, inadecuados, y hoy mendigamos el amor de nuestras parejas, así como ayer lo hicimos con el de nuestros padres.

Al relacionarnos, intentamos agradar al otro, “vendiéndonos” de la mejor manera posible. Al estar tan desconectados de nuestras necesidades, no nos detenemos a pensar en si el otro nos agrada, sino en hacer el mayor esfuerzo posible por ser aceptados por él/ella.

Si expresar nuestras necesidades implica un riesgo de que el otro se vaya, optamos por hacer silencio y complacer, evitando así ser abandonados o que nos digan que no, lo cual sería tan similar al abandono emocional que sufrimos durante nuestros primeros años. Así es que solemos comunicar nuestra necesidades de maneras no verbales (llorando, estallando en ira o enfermando) como sustituto de pedir abiertamente lo que necesitamos.

Muchas veces, ciegos a aquella carencia que tan profundo caló en nosotros, podemos llegar a emparejarnos con alguien muy similar a alguno de nuestros padres, de modo de tratar de “ganar” hoy, con nuestra pareja, el amor, aprobación y/o respeto que no pudimos ganar ayer, con nuestros progenitores.

Hay una probabilidad elevada de que nos relacionemos con una persona problemática (infantil, depresiva, infiel, narcisista, distante/evitativa, adicta a algún tipo de sustancia o conducta compulsiva, o que no puede con su propia vida). Esto es así porque nos da la chance de “rescatarlo” o de esforzarnos por cambiarlo. Utilizar nuestras energías buscando rescatar o modificar a otro nos permite desviar el foco de nuestros propios agujeros emocionales y, además, fantasear con que, si tenemos éxito en salvarlo o cambiarlo, por fin seremos valiosos y valorados. Inconscientemente, evitamos las relaciones sanas y calmas, y preferimos aquellas en las cuales debamos vivir en alerta permanente y llenos de ansiedad, para no contactar con nuestro propio dolor interno y/o caer en depresión.

Hemos aprendido que, para que nos quieran, debemos esforzarnos y, si no nos quieren o no nos quieren lo suficientemente bien, no es porque estamos con una pareja inadecuada, sino que no estamos esforzándonos lo suficiente. Así, nos convertimos en expertos en control, y con un ojo aguzado para detectar las necesidades del otro. Hacemos favores que no nos piden con el objeto de ser aceptados, y nos frustramos cuando el otro no hace por nosotros lo que nosotros estaríamos dispuestos a hacer.

Claro que vivir en función del otro nos deja siempre en último lugar. Sobre todo, cuando estamos dispuestos a hacer lo que sea con tal de que nos quieran y no se vayan de nuestro lado. El trabajo que debemos emprender es el de reconocer que el patrón de relación aprendido en nuestra infancia es dañino y aprender a relacionarnos de otro modo más sano, constructivo y disfrutable, donde podamos ser de veras protagonistas y amados por quienes somos, sin necesidad de vender un personaje ficticio, que tan vacíos nos deja.

Vencer la dependencia emocional se logra trabajando sobre nuestra autoestima, nuestras creencias y nuestros hábitos relacionales, conectándonos con nuestras necesidades reales y superando el miedo a la soledad, sanando a aquel niño lastimado que aún nos acompaña hoy, bajo nuestra piel. 


Carla May
Consultora Psicológica Humanística y Sistémica
Facilitadora del Desarrollo Personal Integral
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2129-5698
General Pacheco, Buenos Aires

Reconociendo la DEPENDENCIA EMOCIONAL

No es fácil hablar de dependencia emocional. Aquellos que alguna vez sufrimos un trastorno dependiente de la personalidad, lo sabemos. Nos remite a un conjunto de falta de poder personal sobre uno mismo, de ausencia de recursos emocionales y la dificultad de salir de un círculo vicioso de dolor y vacío. Como cualquier otra adicción, es una problemática compleja, en la que estamos condicionados por una sociedad atravesada por creencias, conductas y modos de vincularnos malsanos, alienantes y patologizantes, lamentablemente naturalizados y profundamente arraigados, y transmitidos de generación en generación sin conciencia de ello.
Un día, vaya a saber uno por cuáles designios del destino (llega un libro acerca del tema a nuestras manos, vemos un video al respecto, alguien nos sugiere que podríamos estar atravesando por ello) y, probablemente, luego de haber negado y/o justificado durante mucho tiempo nuestra incapacidad de entablar o sostener relaciones gratificantes, caemos en cuenta de que podríamos tener algún grado de adicción emocional. Un baldazo de agua fría o, al fin, la respuesta a esto que nos pasa y que no sabíamos explicar hasta ahora. En un comienzo, probablemente sintamos miedo, bronca, impotencia, tengamos la sensación de estar “emocionalmente defectuosos”, rotos por dentro, inadecuados, enfermos. Y luego, una luz de esperanza.

Es posible que, a lo largo de nuestras vidas, hayamos generado relaciones con distinto grado de inadecuación, y seguramente nos veamos reflejados al escuchar alguna frase de las siguientes:


▪ Mis relaciones no duran,

▪ Siempre me usan,

▪ No soy del todo feliz, pero, al menos, estoy acompañado/a,

▪ A veces lo/a amo y otras me pregunto por qué sigo con él/ella,

▪ Me desvivo por él/ella, pero no recibo lo mismo a cambio,

▪ Pareciera que soy siempre yo el/la que lucho por mejorar la relación,

▪ Le pido que sea distinto/a, que sea más como sabe que a mí me gusta,

▪ Siempre hace cosas que sabe que me molestan,

▪ Siempre toma decisiones sin consultarme,

▪ Mi voz nunca cuenta, pareciera que nunca hacemos lo que yo quiero,

▪ Si yo no estoy, la casa se cae a pedazos,

▪ Es muy celoso/a y me revisa todo,

▪ Soy muy celoso/a y le reviso todo,

▪ Tengo que cuidar cada palabra porque se enoja/ofende/entristece fácilmente,

▪ Si en la intimidad nos entendemos tan bien, ¿cómo puede ser que el resto de la relación sea tan mala?,

▪ No soporto su inactividad/mal humor/timidez/inseguridad/violencia/hiperactividad/ desconfianza, etc.,

▪ Siempre encuentra algo para criticar en cualquier cosa que yo haga,

▪ Sin su opinión no emprendo nada,

▪ Me agobia que no pueda hacer ni decidir algo sin antes preguntarme qué me parece,

▪ Me revienta tener que decidir todo solo/a/que nunca apoye o reconozca nada de lo que hago/que viva enfermo/a/que minimice lo que siento/que no me entienda,

▪ Me siento solo/a,

▪ Siempre se siente solo/a y yo ya no sé qué hacer para acompañarlo/a,

▪ Tengo miedo de que se vaya,

▪ Si no hago todo lo que él/ella quiere, siempre hay una discusión/reclamo,

▪ Cuando se altera, hago silencio/trato de no contradecirlo/a,

▪ No me gusta discutir, prefiero hacer lo que me pide,

▪ Le pido que me diga qué hice mal/que me explique qué necesita/que demuestre más interés por los chicos/que me cuente sus cosas/que busque trabajo,

▪ Cada vez que toma de más, hace pavadas, ¡y yo paso una vergüenza!,

▪ Le pido que ya no se drogue/tome más. Mirá que hasta lloro, ¡he! Y nunca cambia nada,

▪ ¡Me pone loco/a que no se defienda!,

▪ ¡No puede ser tan inútil!

▪ Sin él/ella, me siento desprotegido/a,

▪ A veces me da miedo,

▪ Nunca aceptó a mis hijos. Siempre hace diferencias,

▪ Me ha pegado/gritado, pero no sé, lo/a amo.

▪ Ya no sé cómo explicarle que no doy más,

▪ Cuando no doy más, doy por terminada la relación, pero no aguanto y termino pidiéndole que volvamos,

▪ De verdad quisiera dejarlo/a, pero me la hace difícil; no deja de llamarme o escribirme y termino volviendo con él/ella. Si tan solo me dejara en paz.

Estas expresiones aparecen frecuentemente en boca de un dependiente emocional, y pareciera que el problema es el otro, argumento que suele utilizarse para desligarse de cualquier posibilidad de que algo pudiese estar funcionando mal con uno mismo. Sin embargo, la sistematización de la queja acerca de la manera en la que el otro “es” o de aquello que “hace” a lo largo de meses o años, la insatisfacción y el reclamo permanente, así como la imposibilidad de abandonar la relación o de que el vínculo insatisfactorio cambie, a pesar de nuestros esfuerzos, habla a las claras de algún nivel de dependencia distinto del considerado saludable.

En algunos casos, existe ya un cierto grado de conciencia: podemos reconocer que, si nuestras relaciones nunca funcionan, si nos cuesta estar solos, si generamos relación fallida tras relación fallida, si, en los casos en que tenemos una relación duradera, las cosas no funcionan de manera suficientemente sana, el otro jamás es del modo en que quisiéramos o vivimos siendo criticados, debemos estar relacionándonos con algún grado de disfuncionalidad. Allí es donde pedimos ayuda y nos hacemos cargo de nuestra propia recuperación. En el proceso aprendemos cuáles son los motivos que nos llevan a elegir personas inadecuadas (infantiles, celosas, frías, distantes, inaccesibles, problemáticas, irresponsables, adictas, narcisistas, infieles, violentas) y por qué evitamos a personas más funcionales, que nos posibilitarían construir un vínculo más armonioso, maduro y disfrutable.

En otros casos, cuando no somos tan conscientes de estar relacionándonos de formas malsanas o poco gratificantes, podría suceder que, un día, nuestros mecanismos de defensa se agotan y no es hasta que enfermamos, caemos en depresión, nos generamos un ataque de pánico o una enfermedad autoinmune, por ejemplo, que reconocemos finalmente los hechos largamente negados o ajenos a nuestra conciencia hasta hoy: que hemos estado “aguantando” y justificando situaciones que otros no soportarían ni dos minutos; que, si formamos parte de esta relación que tanto nos daña o nos insatisface, esperando que el otro o “las cosas” cambien, es innegable que algo no funciona bien tampoco en nosotros. Hay un componente adictivo que estriba en utilizar esta relación vacía, poco gratificante o tormentosa para tapar un dolor aún mayor, uno que proviene de nuestros primeros años, quizás jamás hecho conciente hasta el momento, y solemos utilizar la idealización del otro (imaginarlo fuerte y seguro, en lugar de lo narcisista que es en realidad, por ejemplo) o la fantasía de un futuro distinto (“Cuando nos casemos, va a sentar cabeza”) para sostener un vínculo que, al menos, con esta forma de funcionamiento, sólo puede traer más infelicidad y frustración.

Nuestra dependencia podría ser del tipo sumisa. En este primer caso, podríamos reconocernos dentro de un amplio espectro de “gravedad”, desde sentirnos insatisfechos estando en pareja, aunque nada “dañino” acontezca, hasta ser víctimas de violencia doméstica. Sea cual sea nuestro caso, suelen haber determinadas características que nos distinguen. Por un lado, baja estima personal, una necesidad excesiva de reconocimiento, la compulsión a dar explicaciones, falta de asertividad, intolerancia a estar solo, pavor frente a la posibilidad de una ruptura, síndrome de abstinencia ante la separación (con una necesidad urgente de reestablecer el contacto, sumado a sentimientos de ansiedad desbordantes), egoísmo frente a las necesidades del otro (a las que somos en parte ciegos, ya que sólo podemos percibir nuestros propios agujeros emocionales) y tendencia al aferramiento parásito a nuestra pareja. Por el otro, la utilización de mecanismos de control para que la relación no termine o que ésta “mejore” (sin éxito, por supuesto, y vaciándonos de energía en el camino, lo que explica nuestro eventual colapso). Controlamos cada detalle: qué, cómo, cuándo y cómo decimos lo que decimos o hacemos lo que hacemos, anticipándonos a posibles conflictos y enojos de nuestra pareja, y evitando cualquier conducta que pudiese implicar su abandono o rechazo, o no lograr satisfacer nuestras necesidades. Así, podríamos:

▪ Justificar y apañar conductas dañinas, irresponsables o egoístas del otro,

▪ Intentar autoconvencernos de que lo/a amamos o de que nos ama, o de que es la pareja correcta (a pesar de la evidencia en contra),

▪ Decidir no hacer tantas quejas (aunque es claro que hay derechos que se nos están cercenando),

▪ Acceder a realizar siempre su voluntad, pudiendo sentir, ante cada deseo propio que resignamos, rencor, rabia, impotencia, celos, culpa, angustia, ansiedad o depresión.

▪ Acatar las críticas (y dejar de cantar, de escuchar la música que nos gusta, de estudiar, de hacer deporte, de visitar amigos o vestir como quisiéramos, por ejemplo, en busca de la aceptación anhelada, así como el cese de los juzgamientos),

▪ Convertirnos en quien el otro desea que seamos, si eso implica “tranquilidad”,

▪ Monopolizar nuestra atención sobre él/ella, descuidando nuestro trabajo, nuestra familia, amistades e, incluso, nuestros hijos,

▪ Ser invisibles o silenciosos, si esto implica que el otro no estalle en furia.

En casos de dependencia extrema, podríamos desplegar estas conductas no sólo con nuestra pareja, sino también con nuestros hijos, padres, amigos, compañeros de trabajo, jefes, etc.

Cuando somos dependientes del tipo dominante (con mucha más predominancia en hombres que en mujeres), utilizaremos la agresividad, los estallidos de furia, la culpabilización, la crítica constante hacia el otro, el sarcasmo y la ironía, entre otros recursos, para lograr su sumisión, así como nuestra resultante tranquilidad de que su autoestima estará lo suficientemente debilitada como para intentar irse de nuestro lado, y que actuará exactamente del modo en que nuestra propia poca valía personal lo necesita. Nuestra hostilidad hacia nuestra pareja no se debe a que somos psicópatas ni perversos (aunque actuemos como tales, utilizando modelos comunicacionales aprendidos en nuestras familias de origen), sino que podría ser una reacción infantil, inmadura y automática a todo el sufrimiento del que hemos sido objeto en nuestra historia. Es posible que nuestras figuras de apego primarias, es decir, nuestros cuidadores durante nuestros primeros años de vida, no hayan sido emocionalmente receptivos a nuestras necesidades. El resultado ha sido una punzante sensación de abandono emocional, de carencia permanente, de soledad y desesperación, así como una intolerable frustración, que quizás, durante nuestra infancia, hayamos expresado con llanto o agresión hacia nuestros cuidadores, como exigencia del buen amor del que se nos privaba. Hoy, cuando nos relacionamos con una persona dependiente sumisa, tampoco sentimos colmadas nuestras necesidades. Sumémosle a esto que nuestra pareja no deja de demandar que cambiemos y llenemos sus vacíos emocionales, igual de profundos que los nuestros. La presión es insostenible. Nos frustra que no nos reconozcan ni que nos acepten como somos. Y sentimos la misma rabia de nuestros primeros años. Y actuamos con violencia, física o verbalmente. Hoy, con la fuerza de un adulto. Además de liberar frustración, nuestra violencia podría también ser una forma de ocultar el miedo al abandono que se encuentra detrás de todo este aparente poder. Si no hacemos algo para aprender a vincularnos de una manera sana, podemos llegar a llevar a cabo actos de violencia que atenten contra la integridad física de nuestra pareja, y, naturalmente, deberemos pagar por ello ante la ley.

¿Cuál es el camino de la recuperación? Pues ningún otro que el de ir hacia adentro, abrazar nuestros agujeros emocionales y aprender a llenarlos con recursos propios, de modo de no tener que recurrir a manipulaciones inútiles para que sea nuestra pareja, nuestros hijos o quien sea quien haga el trabajo por nosotros (sin resultados favorables, por supuesto). La recuperación implica trabajar sobre nuestra autoestima, primeramente, así como reconocer qué patrones de vinculación disfuncionales hemos estado utilizando, y aprender otros más maduros y constructivos. Es fundamental aprender qué cosas ya no queremos, a poner límites ante el abuso ajeno y, sobre todo, a hacernos responsables por nuestras elecciones y conductas dañinas (hacia nosotros mismos y hacia los demás). El plus máximo es convertirnos en los mayores protectores de nuestro propio ser y poder traspasar estas nuevas herramientas a nuestros hijos, librándolos de la condena de repetir nuestra historia de dolor y/o violencia. Nada más necesario que un progenitor sano, con libertad psicológica plena, para criar hijos sanos, inmunes a la manipulación y a la violencia.


Carla May
Consultora Psicológica Humanística y Sistémica
Facilitadora del Desarrollo Personal Integral
15-6103-2940 
2129-5698
General Pacheco, Buenos Aires

SANAR TU INTERIOR PARA SER FELIZ EN PAREJA

En cuestiones de amor y pareja, suelen haber dos grandes ausentes: la autocrítica y la responsabilidad.

Y así lo demuestran los mensajes engañosos que culturalmente se han traspasado de generación en generación y, hoy en día, se "postean" y comparten en redes sociales muy livianamente, perpetuando modelos de relación malsanos y/o incapaces de traernos plenitud.

En actitud claramente acusatoria hacia aquellas personas con quienes se relacionan a nivel pareja, muchos hablan de:
* los que no saben amar,
* los que siempre te lastiman,
* los que te usan y te abandonan,
* los que no te valoran,
* aquellos por quienes das todo, y no se recibe nada a cambio, etc.

Ahora bien, una pareja es una construcción de a dos, de modo que la felicidad o infelicidad que dentro de ella uno experiencie, también es responsabilidad de dos.

Algunas personas saben amar bien y su felicidad depende no de la "suerte" que han tenido en "conseguir una buena pareja", sino de su responsabilidad para alejarse de quienes no son convenientes para construir una relación sana y nutricia, de acuerdo a lo que de una pareja ellos pretenden. No permanecen al lado de alguien inadecuado, quejándose de cuánta amargura esa persona les provoca; en cambio, deciden actuar constructivamente, ser pacientes, hasta que una persona adecuada llegue, y permanecer sólo cerca de personas que, como ellas, también son responsables consigo mismas y su pretendida felicidad.

Otras personas, por el contrario, escogen y se emparejan con alguien que no colma sus expectativas y, en lugar de alejarse cuando detectan que lograr plena felicidad será imposible allí, deciden permanecer y quejarse, cual si fuesen víctimas de este otro, quien "les impide ser felices".

Pocas veces, quien se relaciona de este modo, se percata de que tampoco él/ella sabe amar bien. Su lógica, a la hora de relacionarse, suele ser similar a la de alguien que desea saborear una fruta madura, deliciosa y dulce, pero que elije, para ello, una fruta aún verde, agria e insípida... ¡y se enoja con la fruta que él mismo escogió!

Las personas que aman bien, como vimos más arriba, jamás se permitirían estar cerca de quien no las ama, respeta o elije. Una persona que ama bien no tiene que reclamar nada, ya que ha sabido ser paciente hasta dar con una pareja que "ya tenga" todo aquello que ella desea. Una persona que ama bien no acepta recibir menos que lo que ella da. Una persona que ama bien ha tenido la fortuna de crecer en un ambiente armonioso, donde el respeto, la presencia emocional para el otro, el amor sano y la solidaridad afectiva han sido moneda corriente.

Quienes no han tenido esa suerte, probablemente arrastren consigo patrones de relación basados en la sumisión, el reclamo, la distancia y abandono afectivos y, quizás, los malos tratos. Su manera de relacionarse, hoy, implica mendigar cariño o reclamarlo mediante la violencia (en cualquiera de sus formas -psicológica, afectiva, manipulativas, física-). Su libertad psicológica está cercenada y, de este modo, jamás podrá elegir bien de qué manera ni con quién relacionarse.

Afortunadamente, a amar bien, se aprende. Este aprendizaje posibilita, en ocasiones, una transformación hacia la salud dentro de la pareja y, en otras, cuando esto no es posible, la capacidad de alejarse de personas malsanas, escogiendo, en cambio, parejas que sumen, en lugar de restar, en términos afectivos, y la consiguiente salud psicológica que se experimenta, al correrse del lugar de quien se queja, reclama y sufre.
¿Te gustaría lograr amar de ese modo, sano, nutricio y constructivo, seas mujer o varón? No te quedes sin intentarlo. Tu felicidad lo vale. 


Carla May
Consultora Psicológica Humanística y Sistémica
Facilitadora del Desarrollo Personal Integral
15-6103-2940 
2129-5698
General Pacheco, Buenos Aires